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…entonces empujó el gollete de la botella muy muy profundo. Le sorprendió que la carne, las tripas y la piel debajo del vestido fueran atravesadas y desgarradas tan fácilmente. Era eso o que realmente empujaba y removía la botella con odio, cegada por una emoción amarga, por una impotencia reprimida por años y años. Eso se podía ver a simple vista, toda la gente estaba perpleja, en un estado de aturdimiento tal que era difícil distinguir el paso (o no) del tiempo.
La sangre era roja, espesa, caliente… como si hubiera estado ganando cuerpo con el tiempo. Sintió como primero cubría primero sus dedos, como empezaba a correr por sus palmas y chocaba con el frio vidrio de la botella, escurría hasta sus muñecas, parecía la sangre aferrarse a su piel.
La mancha en el vestido fue creciendo rápidamente, la sangre recorría su vientre y bajaba hasta un camino bifurcado por sus piernas, casi podría jurar sentir ya en sus tobillos la sangre caliente. Aunque para ese momento, según los presentes, ella ya estaba inconsciente, duró un tiempo indeterminado de pie, entre la vigilia y el desmayo producido por la rápida pérdida de sangre.
Ni siquiera fue necesario sacar la botella de magullado vientre de ella, simplemente soltó la botella y el resto fue jalado por el cuerpo inerte. Casi tan eficiente como el fuerte movimiento que hizo para tomar esa botella de vino espumoso, golpearla en el filo de la amplia mesa de centro del salón. Cualquiera podría decir que cada filo, cada punta aguda del resto de la botella había sido cuidadosamente diseñado para dañar y desgarrar un cuerpo humano.
Vio como sus costosas zapatillas estaban chispeadas de gotas de sangre y comenzó a escurrir una gorda lágrima sobre su mejilla derecha. Esas zapatillas le habían costado mucho a su padre, las había buscado en muchísimos lugares, preguntado y negociado, incluso había generado envidias entre sus amigas que veían imposible contar con un par como aquel. Y vaya que tenían razón.
La tristeza la inundó, las lágrimas llenaron sus ojos y ante la situación no tuvo otra reacción más que llevarse las manos a la cara, presionar con sus dedos sus ojos y soltar un tremendo sollozo. Las lágrimas y la sangre en sus manos se mezclaron en un tono carmesí que comenzó a gotear sobre aquel vestido impresionante de quinceañera, ese que tomó más de un año construir a mano, bajo las tremendas y quisquillosas instrucciones de su madre. Era muy hampón y las gotas parecían rebotar y esparcirse por todo el ancho vestido, como si de una lluvia ligera se tratara.
Fue justo en ese momento que uno de los asistentes logró reaccionar y salir del estado de shock provocado por aquella escena, la tomó por la espalda, agarrando con sus manos las muñecas y preguntando que le pasaba, porque había hecho aquello, con una voz de reclamo y espanto.
Ella no podía hablar, estaba ahogada en su propio llanto, le costaba respirar, la adrenalina del momento pareció estar al límite, sin embargo ella no sudaba, ella estaba fresca, radiante (en la mediad de lo que cabe un rostro tan bello totalmente ensangrentado) y dejó de llorar.
El volvió a insistir en los motivos que la llevaron a desgarrar así a su madre, de dejarla desangrarse en el medio del salón, durante el brindis de sus quince años.
Ella volteó a ver su madre, sin ninguna reacción en su rostro. También se tomó un momento para ver a su alrededor (lleno de miradas atónitas, ojos llenos de lágrimas y bocas abiertas como boquetes) y volvió la mirada a quien la cuestionó.
Y justo antes de soltar en más fuerte y sentido llanto que había escuchado en la vida y tirarse a llorar en los brazos de aquel hombre, solo se alcanzó a escuchar entre alientos: mis zapatos.

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